14 de febrero
Este blues nació una noche cualquiera, de esas en las que el mundo parece dormido pero el corazón no se calla.
La casa estaba en silencio.
Un silencio honesto, sin ruido, sin expectativas. Solo una lámpara encendida, el piano respirando conmigo y una copa olvidada a medio beber. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero aquí dentro el tiempo se había detenido.
Pensé en el amor sin la prisa de las fechas marcadas.
En el amor que no necesita flores compradas ni promesas de escaparate. En ese amor que se queda cuando nadie mira. El que no grita, pero sostiene.
Entonces entendí algo:
San Valentín no es un día.
Es un instante.
Es esa mirada que llega cuando ya no esperas nada.
Es una mano que no salva, pero acompaña.
Es la sensación de volver a creer sin pedir garantías.
Me senté al piano sin intención de escribir.
Nunca escribo cuando quiero escribir. Las canciones llegan cuando bajamos la guardia.
Toqué un acorde lento, profundo… y sentí la voz salir sola, casi en un susurro. Una voz desnuda, sin coraza, sin maquillaje emocional.
Ahí apareció la primera frase.
Luego otra.
Y de pronto ya no estaba sola.
Imaginé dos cuerpos sin prisa.
Una habitación con la luz justa.
Dos personas que no prometen eternidades, pero se eligen esa noche con verdad.
Quise que la canción tuviera piel.
Que oliera a perfume mezclado, a madrugada, a fe recuperada.
Quise que el estribillo fuera un refugio, algo que se cantara con los ojos cerrados y el pecho abierto, como un pequeño acto de valentía.
Los coros llegaron después.
No como adorno, sino como abrazo.
Coros que no juzgan, que sostienen, que dicen: “el amor sigue aquí, todavía es posible”.
Mientras la escribía, supe que no era una canción para celebrar parejas perfectas.
Era una canción para quienes han amado con cicatrices.
Para quienes alguna vez dudaron… y aun así volvieron a creer.
Por eso se llama “San Valentin”.
No por la fecha, sino por el símbolo.
Porque hay noches que nos recuerdan que amar sigue siendo un acto hermoso, incluso cuando no hay promesas escritas.
Cuando terminé, no aplaudí.
Me quedé en silencio.
Con esa paz suave que aparece cuando una canción dice exactamente lo que tenía que decir.
Y entonces lo supe:
esta canción no pide nada.
Solo se queda.
Como el amor verdadero.